Durante mi marcha militar, tú fuiste corista. Huiste a tiempo de la mapaná y nadaste contra las corrientes del Campuya. Trastabillaste, fiel a mí, cuando la ayahuasca hasta el vómito nos tumbó; también cuando el cedrón supo curarnos los revoltijos y las lombriceras en la barriga. Supiste pisar largo cuando la maleza nos estropeaba, y corto y sigiloso cuando el enemigo, camuflado, la vida nos pedía. "La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes", así sonaba Silvio Rodríguez cuando en el campamento, ignorando la interferencia de la radiola, tú querías bailar, tú querías cantar. Después, durante el servicio que diligentemente le prestabas a la Nación, pisaste como con el pie izquierdo y en un estallido abrupto te desprendiste de mí. Te arrancaron de mí, dicen los médicos; a mí me gusta creer que esa noche te quitaron los grilletes, viste la reja abierta y no resististe la tentación de salir volando. Yo, aturdido, no te pude ver. Pero me imagino que los vellos fueron alas, los dedos corazones y la selva casa. Sueño que sigues allí, reposada en la corona de un asaí, divisando desde lo alto el oro, la esperanza y el verdor del Sibundoy. Ya no te pienso desastillada entre los matorrales, no imagino tus escombros roídos por la tierra húmeda, ni tu roña lavada por el río. Te pienso, mejor, realizada; convertida en tángara, cantando y bailando a Silvio con la llegada de la luz; volando no más por evitar los pasos cortos y los largos. Pierna muerta de mi felicidad, te prefiero liberada que combatiente.
Esta era una mujer que deseaba, con las ganas que la rana añora el primer croar de la mañana, divorciarse de su esposo. Y lo hubiera logrado desde hace mucho si no fuera por el anillo, el maldito anillo , que desde 1999 yacía adherido, soldado, engomado a su anular derecho. Cuando intentó divorciarse rompiendo el oficio eclesial, la secretaria de la oficina cural le dijo: No puedes, no mientras ese anillo siga adherido a ti . Alguna vez intentó divorciarse, cual contadora de tragedias, numerando uno por uno los golpes recibidos por parte de su esposo, sin embargo, durante la audiencia, el juez concluyó: La solicitud de divorcio esta desestimada, y así lo estará mientras ese anillo continúe en su anular . Otra vez, incluso, mató a su esposo decidida a declararse viuda y, por fin, libre; sin embargo, en las calles del pueblo se chismorreaba: No, no se va a liberar siempre y cuando ese anillo alumbre su mano . Hasta que un día, desprevenida y con pereza dominical, proyectando no lava...
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