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Cake Topper

 Años atrás, cuando con adolescencia no podíamos ni sospechar el ocaso de los días, Tomaso fue para este hombre un gran amigo. Luego, con el trasegar de cada uno, ambos se diluyeron, uno en sus viajes, otro, Tomaso, en la gran factoría que lo acogió como empleado. Ni de amores platicaron, y eso que ese es un tema que poco callan los hombres. Todo entre ambos fue silencio. Eventualmente se reunieron, nada significativo, conversaron del mismo modo que lo hace un notario ante algún demandante: con absoluto cumplimiento de deberes. 

Tomaso decidió casarse con quien, para su amigo, solo representaba extrañeza, apenas podía juzgar el rostro de la novia: parecía una mujer amable, como que la ves y al instante, sin miramientos, proyectas la imagen de un anciano tirando arroz seco a las palomas, o mejor, a un rubio de dos metros tomando fotografías a niños negros del Sudán. En fin, connotaba altruismo, así fuera falso. 

Con formalidad -diría uno que con distancia-, Tomaso escribió un mensaje a su amigo. El teléfono móvil vibró -pudo haber llorado- al recibir el mensaje: Buen día. Ojalá puedas acompañarnos el próximo 20 de marzo, de manera virtual, a nuestra boda. Vístete para la ocasión. Aquí queda el enlace de acceso: www.mibod...

Valorarán los ingratos este mensaje, solo los ingratos. Su amigo atinó a pensar que este solo era el síntoma más agudo de un desprecio: ...un mensaje masivo para quien entregó amistad concreta, ¡ni siquiera presencialidad! ¡Ni siquiera un mensaje con personalidad! 

Tratado con indeterminación y sujeto a la masa, su amigo rentó un traje decidido a asistir: zapatos azules con punta de charol, medias claras, un pantalón semejante al helado de vainilla, una correa azul que imitaba el tono de los zapatos, camisa gris de siete botones cafés que le cortaban desde el guargüero hasta la entrepierna... compró, además, un juego de cubiertos. Cuando llegó a la tienda de cerámica de la Comarca, su solicitud fue explícita: Deme un juego de cubiertos, los más pesados que tenga. El tendero sacó y puso a su disposición un juego de cubiertos marca Iron que al ser soliviados y no ver su empaquetado, podría pensarse que lo que se levantaba eran herramientas ferreteras. 

La noche previa al matrimonio, decidido a desobedecer la instrucción de "asistencia" virtual, extendió su vestido sobre el sofá, como preparándolo, como quien le anuncia a su sombrilla que pronto lloverá, y la carga con aprecio y con sospecha avizorando la llovizna. Así preparó su traje, pronosticando una salpicadura. Vio sobre su comedor el juego de cubiertos aún sin envolver para la ocasión y al verlo, sintió envidia. Pensó en Clarita: ...hace catorce meses, dos días y siete horas, rechazaste mi propuesta matrimonial. Pensó en reservarse uno de los cubiertos; el cuchillo le pareció evidente, la cuchara inútil y el tenedor... ¡El tenedor!, gritó, seguido de un eufórico ¡Eureka! que despertó súbitamente a Emilio, su gato, y que produjo una peligrosa reacción en sus vecinos, quienes alcanzaron a susurrar: ¡Qué viva la gente feliz! 

El tenedor era, no solo provocador, sino versátil: arroces, ensaladas, postres y fatalidades le han dado gesto y acción. Además es inocente: a nadie le arrestan por cargar uno. 

Se vio frente a su espejo, con mirada periférica se vio en su totalidad, ilustrado para la ocasión, vestido como para una revancha. No caminó a la iglesia como cualquier mortal, sino como uno que jamás titubea. Cuando entró, el primer canto litúrgico estaba en marcha; siguió en dirección a los novios quienes le daban la espalda, apenas reconoció la alopecia del novio y el negro azabache que adornaba el pelo de la novia. Siguió hacia ella determinado y, justificándose en su extrañeza, clavó el tenedor en el vientre lateral de la novia quien se desplomó de inmediato frente a un cura que por orar con mirada al cielo, ni se enteró.  Desesperados, los asistentes intencionaron asistirla mientras que el novio, en un arrebato, se vio en persecución por el agresor, le alcanzó de un manotazo en la espalda y... 

En el mismo instante en que lo atrapaban, despertó. Nervioso, sudoroso, se quitó sin cuidado su sábana. Fue a la ducha y se bañó más rápido que de costumbre, como si tuviera afán. Decidió para este día el ayuno. No reflexionó frente a su traje, simplemente se lo puso y en el bolsillo lateral izquierdo, el tenedor yacía plácido y, casualmente, apuntando al cielo. Caminó con desespero, como a quien le deja el último bus y no le queda sino andar. Cuando llegó, ya terminada la eucaristía, vio a la gente celebrando y a los novios al final del patio posando para las canónicas fotografías. Como en su sueño, caminó determinado hacia ellos. Se detuvo frente al pastel de bodas, tomó el Cake Topper que representaba a Tomaso y le atravesó el vientre con el tenedor, con tal fuerza que en el instante el muñeco murió. 

 




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