Es como palpar la parda y olorosa
teca, pero ya mojada y próxima a la podredumbre. Es creer en la benevolencia
del hollín y en las aguas diáfanas del río propio mientras se camina por sus
orillas y se observan trastos viejos, costales deshilachados o plásticos
imperecederos. Es recordar el petricor de la infancia, pero saber que hoy es
con lluvia ácida. Es asustarse saliendo del metro porque te han robado la
cartera, pero decir a un rolo más tarde: “En Medellín sí somos amables”. Es vivir
con bravura y en cierto modo habitar un Nilo, ya no de claras, ancestrales y mansas
aguas, sino de sueños incompletos, falsas estancias y tránsitos descarnados.
Aquí en Medellín, quien se apacigua, reconforta o quizá sonríe, también
está hundido en el hervor del fango.
Esta era una mujer que deseaba, con las ganas que la rana añora el primer croar de la mañana, divorciarse de su esposo. Y lo hubiera logrado desde hace mucho si no fuera por el anillo, el maldito anillo , que desde 1999 yacía adherido, soldado, engomado a su anular derecho. Cuando intentó divorciarse rompiendo el oficio eclesial, la secretaria de la oficina cural le dijo: No puedes, no mientras ese anillo siga adherido a ti . Alguna vez intentó divorciarse, cual contadora de tragedias, numerando uno por uno los golpes recibidos por parte de su esposo, sin embargo, durante la audiencia, el juez concluyó: La solicitud de divorcio esta desestimada, y así lo estará mientras ese anillo continúe en su anular . Otra vez, incluso, mató a su esposo decidida a declararse viuda y, por fin, libre; sin embargo, en las calles del pueblo se chismorreaba: No, no se va a liberar siempre y cuando ese anillo alumbre su mano . Hasta que un día, desprevenida y con pereza dominical, proyectando no lava...
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