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En el nombre del fútbol


El nombre de mi abuelo era Simón Antonio, una imitación incompleta del nombre del libertador venezolano. Febrero era su mes de pasión y olé: quince corridas al año en la Plaza de Toros La Macarena eran suficientes para alimentar su fanatismo por los tercios. Su hijo, Álvaro José, mi padre y quien llevó por segundo nombre otra imitación incompleta del nombre del libertador, pronto estuvo en edad de asistir a La Macarena. Sin embargo, no fue poco el desencanto de Simón Antonio al percibir el desdén con que Álvaro José recibió cada tercio: Papá, prefiero el fútbol, allí la sangre se aprecia y es más justo, al fin y al cabo, tiene dos tiempos, uno para cada equipo, decía. 

En las historias sobre su juventud, con las que alardean todos los padres, Álvaro José, o “Tamba” como lo apodaban para el fútbol, me ha contado de su gusto por la defensa: Siempre fui muy cuchilla y peleonero, me cuenta y enfatiza tanto, que a veces creo que las historias del “Chonto” Herrera en realidad son las historias suyas. “Tamba” se hizo adulto y tuvo un hijo: yo. Desde “Tamba” los nombres en la familia se olvidaron del referente libertador. De ahí que fui bautizado con el nombre de Francisco, en honor al capitán de ese barco que, en Italia 1990, fue hundido por la flota camerunés.  

Esto fue todo lo que pensé cuando vi a Germán Ezequiel Cano, “El Matador”, en el supermercado y con una canasta cargada de bananos. Se me hizo tan humano y tan cotidiano que no pude más que pensar en mi abuelo y mi padre. Era el más grande de mis referentes cercanos, aunque en el equipo más mediocre, y lo tenía en frente arrastrando una canasta como un simple mortal que come, va a los toros o se identifica con un mote. Entonces caminé a él por el corredor de frutas y mientras andaba me lo imaginé de chico y con pantaloncito roto, en el dilema infantil al que se someten los niños para elegir un equipo y congeniar con el dueño del balón, anotando golecitos en una arquería medida con pasos y cuyos verticales eran dos residuos de ladrillo; sacándose, eventualmente, las astillas enterradas en sus pies descalzos. Parpadeé y me enteré a medio corredor que estaba haciendo de la historia de mi Padre, la historia de otro. Eso hace el fútbol; por eso los niños, aun en las más paupérrimas condiciones, se rebuscan algún pincel para poner en su dorsal el nombre de su ídolo. 

Hoy soy padre, cargo un agradecimiento firme con la vida y deseo que mi hijo, Ezequiel, encuentre pronto su preferencia. Pasa que el fútbol es uno de esos asuntos que están antes y después de la vida propia, igual que la paternidad.

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