Se levantó el maestro, como todas las mañanas, aun a oscuras, y metió las manos en su aljibe para, con agua lluvia, despertar el rostro y asear los genitales. Tras eso, lo de siempre: vestirse, subirse las botas del jean para evitar el pantano, caminar los cincuenta y ocho minutos de bosque que lo separan del salón de clase, recoger a Estiven -el estudiante autista de tercero de primaria-, saltear de una en una las piedras del río Villa Esther, abrir el portón (como si de un corral se tratara) y esperar los demás alumnos en el salón de clase: una parcelación de escasos cuarenta y cinco metros cuadrados que guarda al aire libre cuatro vigas de teca que sostienen el techo de palma y resguardan doce pupitres para el domicilio de diez y ocho estudiantes, una pizarra desteñida y una caja con tres tizas desgastadas que no alcanzarían para escribir el nombre de todos los estudiantes.
Esta era una mujer que deseaba, con las ganas que la rana añora el primer croar de la mañana, divorciarse de su esposo. Y lo hubiera logrado desde hace mucho si no fuera por el anillo, el maldito anillo , que desde 1999 yacía adherido, soldado, engomado a su anular derecho. Cuando intentó divorciarse rompiendo el oficio eclesial, la secretaria de la oficina cural le dijo: No puedes, no mientras ese anillo siga adherido a ti . Alguna vez intentó divorciarse, cual contadora de tragedias, numerando uno por uno los golpes recibidos por parte de su esposo, sin embargo, durante la audiencia, el juez concluyó: La solicitud de divorcio esta desestimada, y así lo estará mientras ese anillo continúe en su anular . Otra vez, incluso, mató a su esposo decidida a declararse viuda y, por fin, libre; sin embargo, en las calles del pueblo se chismorreaba: No, no se va a liberar siempre y cuando ese anillo alumbre su mano . Hasta que un día, desprevenida y con pereza dominical, proyectando no lava...
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