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Inventario



Se levantó el maestro, como todas las mañanas, aun a oscuras, y metió las manos en su aljibe para, con agua lluvia, despertar el rostro y asear los genitales. Tras eso, lo de siempre: vestirse, subirse las botas del jean para evitar el pantano, caminar los cincuenta y ocho minutos de bosque que lo separan del salón de clase, recoger a Estiven -el estudiante autista de tercero de primaria-, saltear de una en una las piedras del río Villa Esther, abrir el portón (como si de un corral se tratara) y esperar los demás alumnos en el salón de clase: una parcelación de escasos cuarenta y cinco metros cuadrados que guarda al aire libre cuatro vigas de teca que sostienen el techo de palma y resguardan doce pupitres para el domicilio de diez y ocho estudiantes, una pizarra desteñida y una caja con tres tizas desgastadas que no alcanzarían para escribir el nombre de todos los estudiantes.

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