El cerrojo estalló de repente generando una llama que empezó incinerando la puerta y, con su estruendo, despertando a Jacobo; él se paró incómodo y con el corazón en la mano -como decía su abuela cada que se asustaba por la presencia de los muchachos-, cuando otro estruendo, ahora desde su cuarto, lo ponía en alerta. Ya era la ventana de su habitáculo la que ardía, ¡estaba rodeado! Así que tomó el taburete y lo arrojó estampándolo contra los restos de puerta y, en medio de la balacera, no tuvo más remedio que huir de las llamas cruzando la calle y habitar ese otro lado donde lo único que representaba era enemistad: ya era objetivo militar.
Esta era una mujer que deseaba, con las ganas que la rana añora el primer croar de la mañana, divorciarse de su esposo. Y lo hubiera logrado desde hace mucho si no fuera por el anillo, el maldito anillo , que desde 1999 yacía adherido, soldado, engomado a su anular derecho. Cuando intentó divorciarse rompiendo el oficio eclesial, la secretaria de la oficina cural le dijo: No puedes, no mientras ese anillo siga adherido a ti . Alguna vez intentó divorciarse, cual contadora de tragedias, numerando uno por uno los golpes recibidos por parte de su esposo, sin embargo, durante la audiencia, el juez concluyó: La solicitud de divorcio esta desestimada, y así lo estará mientras ese anillo continúe en su anular . Otra vez, incluso, mató a su esposo decidida a declararse viuda y, por fin, libre; sin embargo, en las calles del pueblo se chismorreaba: No, no se va a liberar siempre y cuando ese anillo alumbre su mano . Hasta que un día, desprevenida y con pereza dominical, proyectando no lava...
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