
Pienso en ella y eso basta para peinarle el cabello que por erosión se le enreda. Hay visibles eternidades entre su boca y la mía: lejanas se encuentran como los lamentos de otros. Sus ojos apenas pueden esquivarme. Los centímetros de arena que nos separan, como intratables caminos se asientan. Me está gustando su silencio; me encanto, con blancura y humedad, como los gansos en el estanque; ha de ser porque la estoy queriendo, rígida y con frialdad, como los pingüinos en el glaciar, igual que aquí, entre las catacumbas.
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